Adolfo Celli

Texto extraído de "Minuto 91 - Fútbol lo que no se ve", libro escrito por Hipólito Mario Parodi, en el año 1987. Editorial Amalevi, Rosario.

Adolfo Celli: "El alemán"

En aquel cuerpo de gigante obeso refugiábase un alma inmensamente sencilla y en su corazón de niño grande jugueteaba permanentemente la ternura inolvidable que afloraba en una sonrisa fácil, contagiosa, pura y brillante que iluminaba su inconfundible cara gorda, bonachona y acaso, dulce. Pero buena... increíblemente buena...

Llegó al club desde su Santa Fe de origen junto a su hermano Ernesto (para la historia del fútbol mundial un jugador irrepetible), siendo casi niños. Rápidamente sus nombres se ganaron el favor y fervor popular, obviamente de la legión newellista en aquel entonces, en que los ídolos no se fabricaban interesadamente, sino que surgían simplemente, por propia gravitación, porque con sus talentos y sus ganas y vergüenza y amor por la divisa, se ubicaban al frente de la sana admiración popular que, como siempre cuando elige a sus ídolos no es equivoca nunca.

Y "el alemán", aquel vigoroso personaje de nuestra historia... cuanto dejó como tema ineludible para la evocación. Como jugador, como director técnico, pero yo diría con más propiedad como MAESTRO.

Cuando vistió la casaca rojinegra que enarboló en su pecho, "a lo Falucho", defendiéndola con bríos de león y valor de soldado desde adolescente hasta su consagración y que cambió, únicamente, por la celeste y blanca de los seleccionados nacionales de la década del 20, en su afán excluyente solo alentaba un ideal y avizoraba tercamente una meta: triunfar, sólo triunfar.

En esas circunstancias, precisamente, en la vieja cancha de Club Sportivo Barracas de Buenos Aires y en un partido internacional contra los uruguayos, sufrió una gravísima y definitiva lesión que lo borró para siempre de las lides en aquel suceso desgraciado, que le significó su más triste despedida, de broncas y esperanzas. A partir de ese ingrato momento la alfombra vegetal de tantos estadios que empezaron a añorarlo, dejaron de recibir el riego que el sudor generoso del Alemán ofrendaba sin concesiones a partir de su físico privilegiado, el que era impulsado desde muy adentro por la acción inclaudicable de un motor asombroso que en su caso, tenía forma de noble corazón.

Luego, cuando por imperio de aquellas razones irrazonables que tuvo, tiene y acaso crónicamente sufrirá el fútbol profesional, debió hacerse cargo de la conducción técnica de la primera división del Club, tras los fracasos de siempre de los materialistas aventureros, dialécticos e inflados de soberbia que tantos "profesionales" paracaidístas de turno, que ante su impotencia o incapacidad se "iban o renunciaban" abandonando el barco, el Alemán (piloto de tormentas) no vacilaba en retomar (una, de tantas veces más) la dirección de la nave que amenzaba hundirse hasta avizorar otros horizontes de tranquilidad, que volverían a intentar su arribo otros personajes ajenos a la institución.

Aquello de "que nadie es profeta en su tierra" cabía aquí de maravillas.

Siempre la humildad y discreción caracterizó a su trabajo y su actitud ante la realidad cambiante de los resultados.

Y cómo castigaba a la vanidad. Nunca, nunca habló por radio y evitaba los reportajes fatuos y evanescentes.

Aceptaba los triunfos o las derrotas serenamente, sin estridencias; con oficio. Aunque en su interior la furia del amor propio le castigara el alma. Eso sí, a sus dirigidos les inculcaba la victoria como una obligación y había que buscarla aún ofrendando el último aliento.

(Conocí a un personaje, popular y polémico director técnico de los tantos que transitaron por el Club que solía decir "qué partido imposible me perdieron los muchachos", o caso contrario, "qué partido difícil que gané"...)

Pero eso es otra historia. Qué larga y divertida podría ser la historia sobre este tema si alguien se dispusiera a escribirla con honestidad y sobre todo con sinceridad. Alguien, alguna vez lo hará y cuando caiga el telón de la comedia insólita, recién entonces valoraremos y conoceremos el verdadero rol de sus protagonistas. Y al autor o autores de los libretos. Por ahora y como alguien dijo sin originalidad: "La función debe continuar".

Quiero por fin, evocar al Alemán maestro.

Infinidad de hombres que fueron muchachos y desfilaron por las divisiones inferiores del Club, logrando finalmente fama, o no, coincidirán conmigo o mis apreciaciones que por haberlas compartido permanecen vigentes en la evolución. Y me atrevo a puntualizarlas.

Nervioso, apasionado, irreverente en su términos que catapultaba inconscientemente, violento, irascible, pintoresco en las actitudes que partían de su exaltación. Como cuando buscaba piedras o algún objeto contundente imaginario, junto a la línea de cal, en su trinchera, para desde allí arrojarlas al jugador que, presumiblemente, había desoído a sus instrucciones. Luego, el mismo se reía de aquellos desbordes fanáticos. Y todos los que le conocíamos, también.

Sabíamos que esos improntus temperamentales no podían contenerse en su pecho y buscaban su liberación.

Gritón, incansablemente gritón. Sus voces de mando llegaban al jugador antes que la pelota, indicándoles qué debía hacer. Y lo hacía. Hace unos pocos años conversando con Pontoni, entrañable e inolvidable amigo y camarada del servicio militar, pero con más valor para la cita, extraordinario jugador y uno de los ídolos eternos de la afición rojinegra, recordando sus mejores años de futbolista entre los que rescataba, con cariño y emoción, los de su paso por nuestro Club, melancólicamente me decía: "Después que dejé Ñuls (San Lorenzo de Almagro, Selección Nacional, Colombia, giras, etc) no había partido, cualesquiera fuera su importancia y en los momentos decisivos que jugaba mi participación e intentaba una jugada personal, que dejara de recordar los gritos al mando del Alemán, machacando en mis oídos aunque su presencia en el recuerdo y en mi interior apareciera fugaz, muy fugaz pero infaltablemente... Y así pasó el tiempo y así lo recuerdo, cerca mío así como era: gritón, terriblemente gritón, desapacible, nervioso y (aquí sonreía y empleando otros términos, agregaba) a veces mal educado, muy mal educado... Pero cuánto sabía el Gordo y cuántas enseñanzas nos dejó a tantos que soñamos con llegar. Estoy seguro que cuando muera, allá, cerca de San Pedro, seguirá en la suya, gesticulando y gritando, siempre gritando... (René también era ocurrente y sutil).

Y ahora pienso, divago yo. Si acaso es cierto que en el cielo se juntan los buenos... se imaginan al Alemán con Sobrerito, Pontoni, Máximo Fernández, Perucca, Carlucci, Marianito Sánchez, Arnaldo, los Libonatti (Julio y Humberto), Gerónimo Díaz, Bourguignón y tantos otros "viejos muchachos de Ñuls" que la emoción me impide recordar... Se imaginan qué representantes tendríamos "allá arriba".. Qué equipo "Mamá mía" (el dicho clásico del Alemán), si hasta con banco de suplentes como se estila ahora, podríamos participar de ese Campeonato imaginario ideal de la definitiva gloria...

Superados algunos años y siempre al lado de su Ñuls querido, la institución que atesoraba los valores que como profesional y caballero el Alemán desempeñaba sin pretenciones materiales facilistas (hasta trabajó como cobrador del Club para subsistir), le confió tareas de observador y no había rincón del suelo patrio donde se practicara buen fútbol que él no hubiera visitado, atendiendo la mayoría de los casos datos e informes que llegaban al Club. Y jamás defraudó.

Ejemplo recordable de su labor de inquieto investigador y conocedor profundo del fútbol, están registrados en la historia de la institución y algunos nombres acercados al azar a esta cita de hombres tales como los de Eduardo Gómez, Gabino Ballesteros, Juan Carlos Sobrero, Juan Carlos Colmán, Julio Elías Musimessi, René Pontoni, Francisco Lombardo, Juan Armando Benavídez, Raúl Contini y tantos otros corroboran los aciertos de Celli, no en esta mención retrospectiva y seguro ingrata por tantas y tantas omisiones valiosas, (claro, así es fácil) sino en el momento que sólo él, el sabio Alemán, se jugaba aconsejando valores ignorados, que atraía hacia el Club de acuerdo con su leal saber y entender. Y cuánto sabía y entendía de fútbol Don Adolfo...

Luego, con tanto cariño y admiración y amigos se le mezcló la vida que dedicó exclusivamente a Ñuls, que podría decirse se erigió en la dimensión de su sinónimo. Claro, el Alemán era Ñuls...

Pienso en aquel increíble y muy triste atardecer en que la muerte llegó decidida a compartirnos su presencia querida y su gigante corazón entones empobrecido y vacilante por los años y sus secuelas dijo basta, acaso en el ámbito de nuestro Parque Independencia los mil duendes escondidos testigos de tantas tardes de gloria, de sus glorias, al escaparse asombrados habrán pronunciado su nombre, repiqueteando una inesperada congoja para campanas doblando nerviosas y melancólicas pergeñando el concierto para ese adiós que no sabe de retorno...

...Como yo pronuncio tu nombre querido Alemán, en los momentos apacibles (ajenos a las vibraciones que el enjambre de una juventud y adolescencia y de niños, muchos niños, transforma el estadio todo en expresión de vida o se conmueve por un partido) en que acostumbro a recorrer feliz y nostalgioso todos sus rincones buscando detalles, colores y hasta olores que ya no están ni se advierten más. Y en ellos te siento y te presiento y hasta me parece escuchar tu voz que se pierde en el rumor que frasea el viento en las palmeras y eucaliptos del parque que nos identifica... aquella tu inconfundible voz ronquísima de ogro manso, inofensivo, que vuelve a golpearnos el corazón transitando los recuerdos, a todos aquellos que compartimos contigo esta querida "Casa grande" que es nuestro estadio... esta casa grande que era tuya, totalmente tuya por derecho afectivo y aún sigue siéndolo...

Alemán... y si pudieras (en alas de una ilusión desmedida e ilógica, impronunciable, pero secreta y egoístamente acariciada) regresar al solar de tus amores, qué feliz te veríamos compartiendo tu asombro al advertir de qué forma se ha transformado esta Casa Grande, que es tuya y es mía y ahora de tantos newellistas como vos y como yo...

Que estamos orgullosos de sentirla nuestra, cuidándola, ayudándola a crecer en este afán imparable de progreso, apuntalando el esfuerzo de todos aquellos que como vos y como yo, la soñamos acogedora, tibia, generosa y nuestra... definitivamente nuestra...

Chau Alemán...

 

 
 

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